miércoles, 4 de abril de 2012

Nazismo alemán y dictadura chilena: ¿dictaduras o regímenes militares?


patio29 
La polémica despertada por el intento de distorsión histórica de designar en textos  escolares chilenos al  gobierno que rigiera a Chile entre los años 1973 a 1990 como un régimen militar en vez de la designación  que claramente le corresponde, el de una violenta y criminal dictadura militar,  recuerda a los intentos de la dictadura de  A.  Hitler y el nazismo alemán de comenzar a ocultar las masivas atrocidades y los crímenes por ellos cometidos ya el año 1942, con mucha anterioridad a su derrota militar de Mayo 1945.


Porque como sucedió con el nazismo alemán el embrión de la tergiversación del carácter criminal de la dictadura chilena se encuentra ya en los esfuerzos de esta para hacer desaparecer  las pruebas de su delictivo terrorismo a través de la incineración, el lanzamiento al mar y el desentierro y traslado de los cadáveres de sus victimas.   La lectura de obras tales como “El ascenso y la caída del Tercer Reich” del periodista estadounidense W.L. Shirer (1960), “La destrucción de los judíos europeos” del historiador  R. Hilberg (1961) y la flamante y aclamada enciclopédica trilogía, “El Tercer Reich”,  (El ascenso,2003; En el poder,2005; Durante la guerra, 2008) del historiador ingles R. J. Evans  nos revelan además que existen abundantes similitudes entre las actividades y las actitudes de los sostenedores de la dictadura chilena y los de la alemana en numerosos aspectos,  que van más allá de la intención de tratar de ocultar sus criminales actividades y de blanquear su negra y siniestra historia.

Si bien es cierto que las atrocidades de la dictadura alemana dado su detallada planificación, su perversidad y su escala adquirieron características únicas  y singulares en la historia de la humanidad,  no es menos cierto que la dictadura chilena, cometió en  menor escala crímenes y monstruosidades cualitativamente similares a esta. Como sucedió por ejemplo con la creación a lo largo del territorio nacional de campos de concentración con miles de reclusos, y de centros de tortura cuya actividad se prolongo por varios años, con el único objetivo de neutralizar políticamente sin juicio a disidentes políticos y de aterrorizar a la población. Esto se acompañó además del planeamiento premeditado de asesinatos brutales de oponentes al régimen,  incluyendo entre ellos a mujeres y aun a adolescentes. La política de desapariciones de disidentes políticos de la dictadura chilena es sin lugar a dudas un eco de la política del nazismo ordenada por Hitler y llevada a cabo entre otros por R. Heydrich en Checoeslovaquia  llamada “nach and nebel (noche y niebla)”. Esta política hacia desaparecer a los disidentes durante la noche  en Alemania y en los territorios ocupados,  para crear con ello el terror entre sus familiares y asociados y también para dificultar los recursos legales para rescatarlos. La indigna y total subordinación del poder judicial y de la prensa para ignorar, ocultar y justificar esta política y otros designios criminales de la dictadura chilena es otra característica que la homologa manifiestamente a la dictadura alemana.

Los asaltos contra la cultura de la dictadura chilena comenzaron al igual que en la Alemania de Hitler con hogueras de libros en varias ciudades del país y continuaron con la destrucción  y la prohibición sostenida de obras de artes,  como sucedió con los murales de  J. Escames en la Municipalidad de Chillan y de V. Hunneus en el Instituto Pedagógico, entre un sinnúmero de otros ejemplos. Trayendo esto una resonancia de  la destrucción y de la prohibición de obras de todo tipo de autores judíos y de izquierda en Alemania, cuya producción cultural se pasara a llamar en ese país “arte degenerado (entartete Kunst)” y cuyo objetivo al igual que en Chile fuera  la creación de una cultura única imbuida de un patrioterismo fanático y ramplón. La tergiversación grosera de la teoría de la evolución usada como justificación en Alemania para eliminar a la población judía y ocupar a los países  eslavos como Polonia y la Unión Soviética tuvo su eco en nuestro país en la palabra “humanoides” usada por el almirante Merino y los colaboradores civiles de la dictadura para justificar los asesinatos, las  desapariciones, la prisión y la tortura de los disidentes del régimen. En este campo,  la obra política del intelectual de la dictadura chilena  Don Jaime Guzmán, que propugna una excluyente pseudodemocracia protegida dirigida por auto escogidos, encuentra antecedentes en la obra de los intelectuales del nazismo, A. Rosenberg  y  W.  Best.  Quienes usaron  del espantapájaros del bolchevismo hebreo,  de  antojadizas teorías legales y religiosas y de conceptos de la  supuesta superioridad biológica de grupos y razas para justificar la dictadura de Hitler, la destrucción de la democracia, la eliminación del sindicalismo, la persecución de los judíos y la invasión y la conquista de los países eslavos.

La entronización en las fuerzas armadas del gansterismo y del crimen para lidiar con potenciales problemas como ocurrió con el asesinato del coronel G. Huber en el escandalo de FAMAE  (1992), el remplazo abrupto del general Leigh por el General Matthei (1979)  y otros ejemplos, sin lugar a dudas traen a la memoria la eliminación por Hitler de sus amigos E. Rohm y G. Strasser y de sus seguidores en 1934  y del ahorcamiento del almirante W.F. Canaris en 1945,  después del último atentado contra este.  La introducción de la corrupción en las fuerzas armadas alemanas manifestada por los beneficios económicos que estas recibían de la confiscación de los bienes y de las propiedades judías en Alemania y en los territorios ocupados y de sus altas remuneraciones  complementadas con dineros recibido de los empresarios para mantener la paz sindical tiene su equivalente en el  enriquecimiento milagroso del dictador chileno, su secuaz el general Contreras y del séquito de oficiales que de generales para abajo usufructuaron de indebidas granjerías económicas durante los diecisiete  años de dictadura.

Al igual que en Alemania las granjerías económicas  se extendieron también a grupos selectos de civiles que apoyaban al régimen y que en Chile pasaron en varios casos a convertirse en  algunas de las grandes fortunas del país.  La penetración del gansterismo, la corrupción y el terror  fue al parecer mas profunda en las fuerzas armadas chilenas que en las alemanas, ya que en estas  últimas  existieron desde antes de la guerra grupos de oficiales de la aristocracia alemana que preocupados visionariamente por el futuro de su país y horrorizados por las atrocidades y por la vulgaridad de la dictadura,  trataron de remover a Hitler del comando de las fuerzas armadas infructuosamente en más de diez oportunidades entre 1939-1945. A diferencia de Alemania, en Chile estos esfuerzos  para salvar el honor de las fuerzas armadas solo existieron en los primeros días de la dictadura y fueron rápidamente amagados por el terror y la violencia.

Las políticas económicas del comienzo de la dictadura alemana generaron una expansión de la economía estimulada, principalmente por la industria de armamentos, que acabo rápidamente con la cesantía y esto fue una  de las causas de su éxito político inicial. Sin embargo esto se acompañó de una restricción total de la actividad sindical independiente, de la abolición del derecho a huelga y de una caída del poder adquisitivo de los salarios como ocurrió durante la dictadura chilena. Similarmente en la dictadura alemana como en la chilena se creó también una simbiosis perfecta entre  el estamento empresarial (Farben, Krupp, Thysen. Porsche, Daimler) y el Estado que a través de la creación de monopolios protegidos por este último, aseguraban a estos pingues utilidades basadas en la paz sindical,  la extracción de materias primas y la mano de obra de esclavos en los territorios ocupados.

A diferencia de la dictadura alemana que basaba el futuro económico de Alemania en la explotación de los territorios ocupados en el este y en el oeste,  la dictadura chilena concentro sus métodos de extracción de recursos económicos para favorecer a sus aliados empresariales solamente en el país y en su población. De esta forma el saqueo de los importantes bienes del Estado chileno y  la exacción ilegal de los beneficios adquiridos en  educación, salud pública, previsión social de la mayoría de la población indicarían que a diferencia de Alemania la explotación económica  de la dictadura chilena se concentro en su propio país. Y si a  esto se agrega la entrega al capital foráneo de materias primas como el cobre y de variadas obras de infraestructura, el auto designado patriotismo de la dictadura se revela como una  lastimosa  bufonería,  cuya máscara afortunadamente pareciera que comienza a desintegrarse.

Es por estas y por otras múltiples razones que en el  mundo civilizado hoy día ya nadie  discute que tanto el gobierno de Hitler en Alemania y el de Pinochet en Chile fueron dictaduras violentas y criminales y con resultados ruinosos para ambos países y por lo tanto dignas de la reprobación general.  El enjuiciamiento y el castigo de los crímenes cometidos por la dictadura alemana fueron sin duda facilitados por su derrota militar y por el esfuerzo de los aliados en documentar la magnitud de sus atrocidades. No es menos cierto que un juicio similar al de Núremberg o a los de Argentina podrían haberse llevado a cabo en Chile dado la derrota electoral de la dictadura en 1989 y los grandes márgenes de desaprobación nacional e internacional de ella en esa época y que aun continúan hoy en día. Sin embargo los gobiernos de la Concertación  guiados por la pusilánime y cómplice consigna “Justicia a medida de los posible”  bloquearon esta posibilidad y continuaron con el blanqueo iniciado por la dictadura misma ya en los hornos de Lonquén.

Este blanqueamiento y tergiversación del significado de la dictadura chilena ha continuado de manera sostenida en los últimos veintidós  años  y personajes como don A. Foxley se han permitido hablar de los grandes logros modernizadores y económicos de esta,  olvidando livianamente que estos discutibles logros están basados en la tortura medieval y el crimen.   Igualmente don E. Tironi, en un texto ignorante y servil, se permitió comparar impúdicamente al sátrapa chileno con Otto Bismark, el personaje cuya política consolidara a Alemania como nación y con el cual Hitler también pretendiera compararse. Los esfuerzos para normalizar y trivializar la violencia y los crímenes de la dictadura propugnados por los partidarios civiles de esta en el presente gobierno, y que alcanzan  ahora  a los textos escolares,  corresponde claramente a lo que  la filosofa alemana de origen judío H. Arendt designara como la “banalidad de la maldad”, cuando se refería al comportamiento de Hitler, de sus secuaces y de sus partidarios, en el libro “Eichmann en Jerusalén” (1963).

Esta banalidad que implica aceptar y normalizar  lo criminal,  lo absurdo  y  lo impensable debe ser combatida de raíz,  ya que como dijera el psiquiatra y filosofo alemán K. Jaspers en su obra “El problema de la culpa alemana” (1947), “Lo que sucedió fue un aviso. Olvidarlo es culpable y deber ser continuamente recordado. Lo que sucedió fue posible y puede volver a suceder nuevamente sin problemas. Solamente su conocimiento puede prevenirlo”. La urgente vigencia que tienen para nuestro país la obra de estos filósofos alemanes  es sugerida por la fotografías recientes de las llamadas “fuerzas especiales”  arremetiendo  contra la población  indefensa  e invadiendo viviendas, colegios y universidades,  en actitudes que recuerdan a los “escuadrones de defensa Shutzstaffel (SS)” de Alemania, y cuya presencia pareciera  indicar  como nos ronda aun el hálito nefasto  de la dictadura. 


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